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¿Dónde están los hombres a los que amé?

¿Esparcidos sus cuerpos sobre el deseo?

Donceles, reyes de barrio y suburbio,

llamas  y brutalidad del amor desbocado,

sementales y lloricas cantando en sus sueños

luminosos, más que cárnicos, casi divinos.

¿Dónde dejaron el ladrido del perro que ladra a la luna en celo?

¿En qué sabanas humedecen sus líquidos calientes?

¿Con qué nombre desaparecieron mis odas?

Miguel, Iván, Aarón,…

¿Dónde estáis fugaces amantes?

Límites de mi sexo y mi dulzura,

protagonistas de vosotros mismos y

mis recuerdos insanos e impúdicos.

¿Dónde ejercí mi supremacía,  sobre qué pezón?

¿Sobre cuántas primaveras fecundas de músculo

y escalofrío?

Dónde están, me pregunto, sin nostalgia

ni sombra que me cubra los dientes.

Aquí yazco, pleno de vosotros con la estela

sobre mi sien y mi corazón

completo  de sangre y vitalidad

porque las flores son bellas y duran apenas unos días

y con los días voy también,

y con vosotros camino

como una clase marginal resurgida con derechos,

alardeando del amor, el deseo y el sexo

con la alegría de nuestra virilidad

aumentada de dos en dos

hacia los campos

elíseos,

a los campos de la fiesta y la purpurina

a una gran pista de baile para nuestras caderas

y nuestras lenguas,

y todo cuanto escondíamos.

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