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Me he enfermado.
Hoy no me levanto de la cama.
No cumpliré mis oblaciones de persona estándar.
Nada de hacer la comida con antelación,
de limar las horas para encajar las actividades.
No iré al supermercado,
¡Ni hablar de aprender inglés
para-tener-igualdad-de-condiciones-laborales!
Puedo decir, elocuentemente, que fuck you!,
pero me sale mejor en español y con más sentimiento.

Se acabó lavar la ropa,
separar, buscar la mancha y
frotar.
Qué castigo el desgaste de estos pantalones
ya viejos
que no sirven.
Nada me preocupa hoy
porque estoy enferma.
Estoy en pausa.
No leeré.
No habrá música.
Nada de hablar con la vecina.
Ni siquiera dormir,
que con tanto disparate
a veces cansa más que estar despierto.

Tomo una pausa, respiro hondo.
No quiero que suceda nada
mientras me fundo lentamente
para quedar aplastada bajo el peso de
los pensamientos y lo que,
miserablemente soy yo,
o, mejor dicho,
lo que vergonzosamente soy,
y me puede
y me postra
y me enferma.

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