Suena la música ornitológica con todo su encanto ,

Resuena  a lo lejos el chiste ontológico

y más de cerca se ríe con las encías en rojo

el hombre digno que dijo a un tiempo

en la pasión, epifanía y meditación, en la secta

O la comida profética de la palabra:

Decido Inmolarme.

Sus palabras sin eco  trajeron acompañando

un aliento de entraña joven proveniente

de  las islas más remotas, de las más insanas.

Trajo consigo el hedor del cuerpo, trajo consigo

el cuerpo entero  parido por completo desde la Idea

y  renacido tan mortal y bello, de   carne dulce.

En su sombra casi nocturna, pura sábana,

amamantaba a los hijos con gran supremacía:

amamantaba no a gemelos, sino a mellizos

Como un lobo salido de su figura

y transfigurado en bestia mesiánica.

Daba sin cambiar a sal, daba y no lo hacía

Porque en un mismo acto la palabra era incapaz

de Decir que también  era ofrenda .

 

El Tercero  habló  un segundo y su voz permaneció

interminable en la conciencia del Hombre

y la Mujer.

El hombre murió, la muerte inmortalizó lo efímero.

La mujer murió en el hijo, el padre renació en él

pero su voz jamás fue escuchada: inmortalizó la carne.

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