Viajera de por vida,

desde tu puerto escondido

entre tus manos y tu pecho

te diriges en algarabía a todos los suelos;

A los hombres que dejan su huella con sangre

y sus esfuerzos esculpidos en la roca de su cielo.

Andas  con el pañuelo de las grandes victorias

y la risa de haber cruzado tus abismos.

 

Acorazada, vasalla de la Justicia,

atormentas al mundo con tu ansiedad de pureza.

Tu falda de acuarela y el rojo de tu sangre hirviente

son el pincel con que tus lances

demuestran a todos

tu origen de Tierra.

 

No te pares   en las esquinas de gente hueca.

No desfallezcas porque tu camino está repleto de grandezas.

Mis manos siempre tendidas: armas para ti.

Y estos dos labios que, estés  donde estés,

dirán con gran alegría, como dicen los niños

con la boca llena:

“¡Ñaña , camina, camina. No te detengas!”.

 

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