Crece ajena al paso del deambulador.

Inhiesta, con las velas hinchadas,

navega silenciosa en su mar de luces,

sigue su iluminado camino

con haces de su propia cosecha.

Canta  a ratos laudes de tiempos buenos

y nostálgica, se ríe,  irónica

con risa de chiquillo.

 

 

 

Amamanta a los lobos, y salvaje,

con aullidos de carne, punza la noche.

Fuiste amiga de  los malos hombres;

a los poetas los criaste en su beber

obscena absenta y sus pensamientos espirituosos.

Quéjate ahora de que ya no eres quien eras,

que han mudado tu nombre.

Hija con mil apellidos.

Eres la bastarda que han dejado los libros.




Sigue riendo, vieja sin edad,

que los mortales,

desde los senderos no marcados,

hablamos de todo

pero siempre te llevarás

el verso más sonoro.


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