Que sí, que quiero.

Involúcrame en tu destino

abrázame abierto con las manos para dentro,

y tus entrañas en el pecho.

Sosiégate sólo cuando hayas muerto.

Y por las delicias de este fecundo,

incierto, mundano, altivo siervo,

condénate a la servidumbre

de nuestro lecho.

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