Se despierta en un laberinto de libros:

columnas gigantescas que cierran su horizonte,

que alienan su mente en el vasto territorio entre líneas.

Hasta que un día encontró un número de página final:

las hojas se deshicieron de su integridad.

Voló todo por la habitación y la tinta se manifestó

 un segundo en el aire.

En un pestañeo  dos milenios de convicción cristiana se esfumó.

la Historia era una última mota de negrura tintada en el aire que terminó                     engulléndolo

en la inexistencia  de lo invisible;

 fueron los versos de amor un brillo final que deslumbró al lector, al ex-lector:

Se abrieron en dos las paredes

– instante en que descubrió que eran blancas,vírgenes.

 Se desplegó ante él el horizonte despojado de claridad,

despejado de nubes blancas y algodonosas, de soles radiantes o azules plenos. Se encontró un ocaso perpetuo, un sol bañado en un color rojo vomitivo

-impregnaba el aire de  muerte-, el ojo, inyectado en sangre miraba con desolación en una agonía permanente.

El estupor, el sentido de vértigo invadió en instantes su cuerpo,

fuera de sí lloraba incontenible,regurgitando el dolor de haberse ausentado, purgando su culpabilidad,increpando a los culpables, maquinando barbaridades, cosas tales que ni entre líneas hubiese leído jamás.


Miró atento aquella imagen, se armó concuchillo y balanza y se lanzó contra ello que no era si no lo que vería para suposteridad.


El primer adversario que encontró fue un monstruo vestido de rojo repleto de inmundicia:

 treslingotes de oro, tres cuerpos humanos decapitados y, en la mano izquierda, un libro llamado “Confabulación para la Mentira Común”.

 Sus artes,entre sonrisas, le hirieron mortalmente, sus ojos quedaron nublados, sus sentidos disminuidos.

Escuchaba el eco de sus risas malvadas,recitaba  fábulas de su libro  e iba balbuceando palabras para que se acercara, pues su cabeza le era preciada.


Se retiró, no vencido, sí malherido, a reposar en una cueva, vivió apartado de todo, el horizonte perpetuo continuaba ahí,y en él se centraba cada respiro.

Fracasó su balanza y su cuchillo de aliado, hurgó la memoria, hurgó su pasado, y en él halló la solución a su lance.

Su vista era nueva, sus oídos aún escuchaban aquellas maliciosas palabras, pero era inmune, o al menos creó un escudo  impermeable,

se enfundó una armadura de puntos finales.

Reconsideró su  partir inicial,

 volvió a aquella blanca habitación y rebuscó la tinta que había desaparecido, pero nada encontró,

en el aire se había fundido

– en  aquella habitación desapareció, se unió con la realidad,  reclamó  su semilla la Vida misma.

Decidió entonces trazar nuevas líneas en las paredes- alentaban al desvarío-,

escribió con sangre y a ratos vino, aquel camino que tomaría.

Creó en un instante con los años que tenía,

 su vida, la tuya y la mía.

Decidió crear, como arma letal, su propia biografía, en que ya estaba escrita hasta el día de su muerte.

 

Si  dejó ciegos el adversario, tan inhumano, y escuchando susurros de libros malditos a tantos, él conseguiría, a viva voz, aliviar y rescatar de aquel ocaso a todo aquien sin rumbo y sentido caminase hasta la decapitación.

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