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Te haré sentir extraño en las yemas de mis dedos,

la sangre no te calentará, será…

agua de mar en una perpetua marea crecida

Y hablaré, asiéndote del cuerpo entero imbuido

en  un estado sublime de éxtasis sagrado, diciéndote:

“Ebrio, Marica, bigardo”.


Y tus labios sabrán reír

con la histérica maleficencia del placer.

Encontraré en tu alma los brillos de vicioso,

enjuagaré mi boca con tu más preciado tesoro carnal,

jugaré a la fiera  y su colmillo

danzando en la carne hendida,

hollaré el silencio de la noche

con el temor satisfecho de lo insatisfecho y vedado.


No verás más que al sueño, las vagas nubes

de la droga del deseo,

el tuétano del sentimiento.

Y con lágrimas en los ojos

dirigiéndote al mundo, tan pequeño,

existirás diciendo:

“Te quiero”

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